
¿Por qué un niño concebido con un óvulo donado suele parecerse no a la donante, sino a su madre?
Una de las primeras preguntas que hacen las mujeres cuando el médico les recomienda un programa de donación de óvulos es casi siempre la misma: «¿Mi hijo se parecerá a mí?»
Detrás de esta pregunta se esconde mucho más que la curiosidad por el color de los ojos o la forma de la nariz. La mayoría de las futuras madres temen perder ese vínculo invisible con su propio hijo. Les parece que, si el óvulo pertenece a otra mujer, el bebé será completamente «ajeno». Sin embargo, en los últimos años la ciencia ha realizado un descubrimiento sorprendente: el embarazo no son solo nueve meses de espera. Es un diálogo biológico constante entre la madre y el hijo. Y precisamente este diálogo explica en gran medida por qué los niños nacidos gracias a un óvulo donado suelen parecerse de manera sorprendente a sus madres.
Estamos acostumbrados a pensar que la apariencia de una persona está determinada por completo por el ADN. En realidad, las cosas son un poco más complejas. Sí, el material genético establece las principales características del futuro niño. Pero la forma en que esos genes funcionan depende de muchos factores. Y es precisamente aquí donde comienza el papel de la mujer que lleva el embarazo.
El útero no es solo una «casa» para el bebé
Antes se creía que el útero cumplía únicamente una función mecánica: proporcionar al bebé un lugar donde desarrollarse. Hoy sabemos que es un auténtico laboratorio biológico.
Durante el embarazo, el organismo de la madre interactúa constantemente con el embrión a través de:
- hormonas;
- proteínas;
- factores de crecimiento;
- nutrientes;
- moléculas de señalización;
- el sistema inmunitario.
Estas señales influyen en el desarrollo de prácticamente todos los órganos del futuro bebé.
¿Qué es la epigenética?
Aquí aparece un término que cada vez se escucha con más frecuencia en la medicina moderna: la epigenética. Si comparáramos el genoma con un libro, la epigenética sería el editor que decide qué páginas permanecerán abiertas y cuáles permanecerán cerradas. Es decir, los genes pueden ser los mismos, pero funcionar de manera diferente. Y el entorno en el que el bebé se desarrolla antes de nacer es uno de los factores más importantes que influyen en ese «funcionamiento».
En otras palabras, la madre no cambia el ADN del bebé, pero su organismo puede influir en la forma en que se expresan determinados programas genéticos. Por eso, hoy en día muchos científicos consideran el embarazo como una de las etapas más importantes en la formación del ser humano.
¿Por qué la gente suele decir: «Se parece muchísimo a su madre»?
Es curioso que muchas familias se sorprendan después del nacimiento del bebé. Al cabo de unos meses, los familiares comienzan a decir:
- Tiene la sonrisa de su madre.
- Tiene exactamente la mirada de su madre.
- ¡Es igualita a su madre!
Y, en muchos casos, nadie sospecha siquiera que ese niño nació gracias a un óvulo donado. Por supuesto, no todas estas observaciones tienen una explicación científica. Las personas tendemos a reconocer rasgos familiares en quienes queremos. Además, nuestra percepción también está influida por las expresiones faciales, los gestos, la forma de hablar, la sonrisa, los hábitos y el vínculo emocional que el niño adquiere después del nacimiento. Sin embargo, el papel del entorno intrauterino también está siendo ampliamente estudiado por la ciencia moderna.
Un niño hereda mucho más que el ADN
Después del nacimiento comienza otro proceso extraordinariamente importante.
Cada día el niño imita:
- las expresiones faciales;
- la entonación;
- la sonrisa;
- la forma de moverse;
- los gestos;
- la manera de reaccionar ante las emociones.
Por eso, al cabo de unos años, muchos niños llegan a parecerse sorprendentemente a sus padres incluso cuando no existe un vínculo genético. Los psicólogos llevan mucho tiempo observando que las familias no se construyen únicamente a partir de los genes compartidos, sino también de los hábitos, las emociones, el estilo de comunicación e incluso las mismas expresiones faciales.
El amor también crea el parecido
Existe otro aspecto del que la medicina habla cada vez más. El cerebro del niño se desarrolla como respuesta al cuidado que recibe. Los abrazos, la sonrisa, la voz de la madre, su mirada, sus caricias y la comunicación diaria influyen en la formación de las conexiones neuronales, en la seguridad emocional e incluso en determinadas características del comportamiento. Por eso, el parecido entre una madre y su hijo no depende únicamente de la genética. Es el resultado de miles de horas compartidas, de emociones comunes, de hábitos y del amor incondicional.
La maternidad es mucho más que una sola célula
Un óvulo donado es solo el comienzo de una nueva vida. Es la madre quien lleva al bebé durante nueve meses, comparte con él su organismo, lo da a luz, lo toma en brazos, lo alimenta, lo consuela y está a su lado cada día.
Por eso, cuando unos años después alguien dice: «Su hija se parece muchísimo a usted», esas palabras suelen contener mucha más verdad de la que parece a simple vista. Porque el parecido entre una madre y su hijo no nace únicamente en los genes. Se forma durante el embarazo, crece con cada día de vida compartida y se convierte en el reflejo de ese vínculo especial que ningún análisis genético puede medir.
